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DIÁLOGOS POSTMODERNOS

Recetas para una infiel y sicaria lectura

Recetas para una infiel y sicaria lectura

1. Cómo empezar a leer y no morir en el intento

Es innegable la razón por la que estamos reunidos: las letras. Sí, son las mismas que de chiquillo me enseñaba la maestra “Coca” desde aquel azul mesabanco de mi primaria pública; más sin embargo las letras son distintas y varias; son mamíferas, óseas, platónicas y planctónicas, aéreas, reptantes, beatas e hijueputas. Y las descubrí yo, ocultas tras la jungla de la inercia y el tedio.

Aún así pareciera que el mundo de las letras viviera exento de ese mundo tangible, en el que abordamos camiones, compramos tortillas, vamos al “Diamante”, miramos telenovelas; en ese mundo donde Adal Ramones es el rey, donde comemos sopas Nissin, y le vamos a las Chivas… El mundo por lo regular de la gente común a la que nos debemos. Somos de raíces masivas y tan profundas como el que más. Heredamos esa cultura de nuestros padres, quienes, como en mi caso, lejos de los TV y novelas y los Condoritos gigantes no sabían de la utilidad del material impreso, y en palabras del propio Vadillo: “No todos los individuos están en disposición de descubrir los mundos de ficción sugeridos por un autor, pues de inmediato asocian esta experiencia con una serie de sensaciones desagradables y aburridas, relacionadas con la pereza mental.” Pero la peccata minuta no es sólo de los pro géneres, sino de tener una idealización de la lectura como algo inalcanzable y sólo para verdaderos genios.       

He venido hoy con la firme propuesta de hacer de este auditorio un confesionario (tomando en cuenta que los reality show han hecho de esta palabra un argot típico).  Me declaro un ladrón, un terrible iconoclasta en potencia (quizá mucho más peligroso que nuestro querido poeta Sergio Witz); todo debido a mi torcida carrera de lector fugitivo.El primer crimen sucedió hace ya más de diez años; mi casa era un manantial de cultura televisiva, un páramo indómito de artefactos legibles, si acaso un frágil libro de texto gratuito o una historieta brotaba como cactus, era un hallazgo. Recuerdo aquel viernes, cuando la maestra “Coca” nos pidió un apoyo para el rincón del libro — en aquellos tiempos la SEP había implementado un programa de mini biblioteca donada por algunas editoriales y por los alumnos— yo hice un sacrificio: en mi casa no había que donar y con todo el dolor del mundo inmolé un flamante cómic de Las Mutantes Adolescentes Tortugas Ninja; entre los Capulinitas y libros de colorear de mis otros compañeros, a la maestra le pareció decente. Tiempo después, con afán de recuperar mi tesoro, decidí husmear aquel rincón de la sala de clases con la gaveta azul que cumplía un esfuerzo nacional; sin querer abrí un libro editado por la SEP titulado La legión de la tarántula. Escrito por un tal Pedro Bayona, el libro contenía una página de puras letras y otra  de dibujos; lo llevé a casa, lo leí una y otra vez mientras observaba cómo surgía a borbotones ese negro liquido alfabético, tenía las manos manchadas de letras, aún peor, dentro de mis ojos las letras habían hecho nido y aquel cuerpo de papel impreso jamás regresó a la gaveta azul. Dos semanas después me hice de otro ejemplar que causó el mismo efecto en mí y que por supuesto jamás volvió: La maravillosa medicina de Jorge de Roald Dahl. Esto me pareció un buen trueque por mis tortugas ninja.

Ese fue mi primer crimen literario.  No sé a ciencia cierta si yo soy prueba viviente de que el programa funcionó o si fue un intento fallido… la verdad es que al entrar a la secundaria olvidé de nuevo mis crímenes y me sumergí por cuatro años en un ayuno de letras. Creo que en esa época presté más atención a las chicas y a Dragon Ball.  Pero la sangre llama y ten por seguro que si un libro te muerde una primera vez, con seguridad lo hará de nuevo.  

2. Cómo convertirse en un vampiro alfabético o en un sicario de la pluma. 

Mi segundo crimen, es de contenido y fue lo que me llevó a ser un iconoclasta de la literatura, pero también me convirtió en un ser que se arroja a la noche para sorprender algún indefenso libro y beber su prosa, su verso o su ensayo. En un ser de día guarecido en la tinta, en el grafito, un tipo que se corta las venas y no deja fluir más la sangre roja, sino la palabra.

Tenía quince años cuando descubrí un libro en el cuarto de mi hermana; libro que después fue tan satanizado como el Necronomicón, esa fue mi segunda introducción al mundo de las letras… He de confesarlo, sí, yo leí a los quince años Juventud en éxtasis. Y debo decir que en esa época no me pareció tan malo. Pero definitivamente debía serlo, porque tiempo después descubrí que para la raza intelectual decir que uno había leído aquel libro era una vergüenza.  Era y es para maleficio de Cuauhtémoc Sánchez, un libro ignorado y en el mejor de los casos, despedazado, una verdadera afrenta a la literatura. Ahora debo decir que no me arrepiento de haber leído a Sánchez, no por lo que me enseñó su libro, sino por lo que ocasionó en mí y eso es lo que agradezco. Provocó hambre de más y mejor letra. Una voracidad por la grafía de Rulfo, de Borges, de Saramago, de Paz, de Sabines, de Villoro, de Hesse, de Faulkner, de Dos Passos y de muchas más presas de  mi grafofagia. De Juventud en éxtasis, no recuerdo sinceramente nada, más que su portada con una bella imagen quizá hindú.

A final de cuentas es válido leer lo que se pueda, para formar un mejor y más venenoso criterio a posteriori; ahora que si me preguntan cuál es el mejor libro que he leído no sabría qué responder, hay tantos… lo mismo sucedió cuando, hablando con el poeta Witz, le sugerí que enumerara los mejores cinco libros que había leído y el poeta mencionó más de veinte (y aún le faltaron).

Dice Eduardo Huchín que escribir y leer nos hacen más humanos y por ende más finitos, más ilusionados, más esperanzados. Escribir y leer nos rescatan de la frivolidad del mundo, de la masa consumidora de lo instantáneo, de la estupidez que rige nuestra realidad. Eso dice Huchín, más quién soy yo para creerle o poner en duda su concepto, prefiero quedarme con su antigua máxima: “Escribir y leer, como las mentadas de madre, no sirven para nada; pero qué bien se siente uno después.”

La solución es simple. Para comenzar a leer sólo necesitas una cosa: comenzar.

(JM. García Magaña)

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1 comentario

Quijaditas -

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