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DIÁLOGOS POSTMODERNOS

Detrás del disfraz 1/3

Detrás del disfraz  1/3

Carnaval de protestas

 

Fernando Cab Pérez

 

El tribunal del pueblo

 

Carlos Salinas de Gortari cumpliendo su condena tras las rejas en el penal de máxima seguridad de Almoloya de Juárez; el subcomandante Marcos y un soldado del Ejército mexicano compartiendo sin rencores el mismo vehículo; la tristemente célebre Francisca Zetina, La Paca, de paseo por Campeche reclamando la osamenta de Salinas de Gortari; el terrorífico Chupacabras bailando a ritmo de cumbia con quienes reclaman su captura por devorar salvajemente a sus borregos; Fidel Castro recibiendo el juicio irrevocable de su pueblo[1].

Estas situaciones increíbles no son, de ninguna manera, un sueño, ocurren en realidad. Su desarrollo es posible en un mundo onírico plagado de locuras y fantasías. Ese lugar común donde la alegría, la diversión y las protestas sociales se entremezclan es el mágico universo del carnaval. Aquí el sentido común es lo menos común; es como cruzar el portal de una dimensión donde lo absurdo es la norma cotidiana.

La abundante literatura sobre el carnaval subraya que sus características principales son la absoluta libertad de comportamiento, una entrega total a los placeres sexuales, los bailes y la glotonería. Siempre sobresalen diversos elementos que nunca deben faltar: "el uso de disfraces, los bailes y el abandono del trabajo para dedicarse a la holganza y el placer"[2]. Estas conductas son normales durante el carnaval, pero no debemos excluir otra de sus manifestaciones: "es el tribunal informal del pueblo", es decir, es el territorio, de carácter humorístico[3], que la población utiliza para desahogar sus frustraciones, sobre todo contra las figuras dominantes. Señala James C. Scott que el carnaval crea un espacio para el lenguaje y la agresión normalmente reprimidos. "Fue el único  momento del año en el cual las clases bajas tenían permiso de reunirse en cantidades inusitadas, usando máscaras y amenazando a los que cotidianamente tenían que obedecer"[4].

Uno de las normas básicas para que el pueblo pueda disfrutar de esta liberación social es que las reglas transgredidas durante la parodia, sean, en el curso de la vida normal, respetadas por todos. Como diría Humberto Eco: "Sin una ley válida que se pueda romper, es imposible el carnaval"[5], porque nos liberamos sin temor a ser castigados por el rompimiento de esa regla, porque al disfrazarnos de gobernantes, monarcas o representantes de la alta sociedad, la ridiculización juega un papel demoledor en la deformación de sus dignidades.

En el desarrollo del carnaval, por ejemplo, en la Francia pre revolucionaria, el francés corriente destruía el sistema convencional dentro de la cual giraba su mundo para someterse al imperio del desenfreno con total impunidad. En estos momentos de diversión, la alegría iconoclasta destruía hasta la imagen de sus propios semejantes en los desfiles que organizaban: del marido cornudo, de la mujer que golpeaba al esposo, de la diferencia de edades en el matrimonio y, claro está, del rompimiento de la fuerte legislación política y social del que a menudo se sometían[6]

Es fácil imaginar la satisfacción del hombre de escasos recursos económicos, generalmente agobiado en un orden social adverso para los de su clase, sacar a la luz pública esta práctica de denuncia, puesto que aparte de constituirse en una pequeña y efímera revancha del pobre contra el rico y del humilde contra el poderoso, es el lugar donde encuentra los márgenes para evidenciar su inconformidad contra las circunstancias difíciles de la vida política y social. Así como los franceses de la época anterior a la Revolución erigieron en el carnaval el momento idóneo para su liberación, a través de la historia esta experiencia ha sido y continúa siendo un elemento más de las actividades carnestolendas.

            En no pocas ocasiones la población prepara la exhibición del gobernante al escarnio público, que festeja los acontecimientos de manera que cobra venganza por los delitos cometidos por sus superiores. Los rituales consistentes en poner de cabeza el mundo sufrirían una persecución y su consecuente sometimiento por las fuerzas del orden en un escenario cualquiera, pero dentro del universo carnavalesco, el "mundo al revés" adquiere su carta de naturalización y gozan de completa inmunidad.

En las sociedades de la Europa moderna, los campesinos y las clases bajas en general ilustraban su "mundo al revés"; destaca Peter  Burke que: "Al hijo se le muestra pegándole al padre, el alumno al profesor, los criados impartiendo órdenes a sus amos, el pobre dando limosna al rico, el laico celebrando misa o predicando a los curas, el rey caminando y el campesino a caballo, el marido sosteniendo al bebé e hilando mientras que su mujer fuma y sostiene la escopeta"[7].                                                                                                                        

De ningún modo estas muestras de descontento social son amenazas que pongan contra la pared los regímenes establecidos en sociedades conservadoras, es posible que las autoridades sepan que los pueblos vulnerables necesitan una salida de escape a sus frustraciones, en consecuencia permiten montar a los sectores sociales bajos todo ese espectáculo burlesco durante el carnaval, pues saben que esas expresiones de rechazo hacia sus políticas públicas impopulares no son fuerzas beligerantes con el suficiente poder para derribarlos. Al culminar las fiestas carnestolendas, retorna el mundo de la ley y el orden: se abandonan los disfraces, la mofa se oculta de nuevo y los campesinos, obreros y ciudadanos desempeñan el papel que le corresponde cotidianamente.

Estas expresiones contribuyen a crear espacios de desahogo que retrasan estallidos sociales más violentos, al encontrar en estos resquicios del carnaval una revancha y una liberación momentáneas a sus problemas diarios. Las burlas públicas a los gobernantes no van más allá del carnaval, fuera de eso existen críticas que el pueblo se crea en atmósferas privadas o en sus círculos íntimos como es el caso de los chistes, las señales obscenas o los discursos groseros que además transitan en ese mundo popular sin tener una específicamente un autor a quien señalar.

 


[1] Éstas expresiones son ejemplos de pequeñas protestas sociales llevados a cabo, con toda naturalidad, en el Carnaval de Campeche durante los concurridos "Sábados de bando".

[2] DZIB CAN, Ubaldo y GANTÚS INURRETA, Fausta. Las fiestas populares en Campeche (Origen, evolución y estado actual). Ayuntamiento del Carmen/Casa de la Cultura. 1994, p. 36

[3] Entendiendo el humor como una serie de situaciones que provocan la risa. El humor también funciona para enfrentar a los sectores bajos de una sociedad con aquellas realidades crudas que de alguna u otra manera sería imposible hacerles frente, y transgrede mediante la diversión el liderazgo de los miembros poderosos de las sociedades. SMICHT, Samuel. En la mira. El chiste político en México. Taurus. México. 2006. p. 47

[4] C. SCOTT, James. Los dominados y el arte de la resistencia. Ediciones Era México. 2000, pp. 214-215

[5] ECO, Humberto. ¡Carnaval! Fondo de Cultura Económica. México. 1998. p. 16

[6] DARNTON, Robert. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. Cuarta reimp. Fondo de Cultura Económica. México. 2004, p. 89

[7] BURKE, Peter. La cultura popular en la Europa moderna. Altaya. Barcelona. 1997. p. 271

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