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DIÁLOGOS POSTMODERNOS

¿Qué es el amor?

¿Qué es el amor?

Dedicado a mis dos amigos de noches de adicciones baratas: Ana y César; y a Magaly, quien hubiera querido que lo fuera… antes o después.

 

 

¿Qué es el amor, al inicio, mitad, totalidad y final? Todos podemos abrazar la filosofía del amor porque todos alguna vez hemos saboreado ese enigma que acontece en sus diferentes tonalidades y siempre deja una pregunta. El psicoanálisis nos ha permitido diferenciar las pulsiones y las intenciones concretas que tiene; así, podemos remitirnos a un simple gusto, un deseo sexual, un afecto tierno, una intención romántica, una perversión arraigada, un impulso agresivo convertido en su contrario, o un “amor verdadero”.

 

Otro ensayo sobre el amor sería inútil si no fuera porque es en sí un acto de amor, tan sencillo como que es el mismo deseo de escribir y compartir las presentes ideas con los demás lo que aparece como una muestra de las ansias por crear un vínculo fructífero con quienes leen estas líneas, tomando la oportunidad para agradecer el espacio que Diálogos Postmodernos me ha ofrecido para esparcir lo que aparece en mi consciencia y lo extiendo como regalo.

 

Dicho esto, quiero continuar con el desnudo del amor. Las personas que no quieren a sus padres, o que incluso los odian, son una muestra que el amor se construye con las satisfacciones alcanzadas en los primeros años de vida, es decir, es completamente “interesado”. Y si vemos a los sujetos antisociales, o incluso, los psicópatas, podemos notar que el amor no es una cualidad congénita del ser humano, sino por lo contrario, es un sentimiento que se desarrolla con precisiones ‘milimétricas’, pero que se llevan a cabo inconscientemente. La capacidad de amar es una potencialidad que sólo se desenvuelve si se recibe en consecuencia.

 

Pero volvamos a la pregunta inicial. Según parece, me he puesto tarea digna de un escapista, aunque sin ningún truco entre manos con el cual pueda escapar fácilmente de esta encrucijada. Así, con lo único que puedo salir avante es volviendo a la idea original para rescatar el sentido de este escrito. El amor es entonces el encuentro con las ganas de ‘querer’ y ser ‘querido’, el gusto por compartir la existencia (presente) con alguien o con algo por el gusto de coexistir. Podrían preguntar acerca del amor desinteresado, pues bien, el hecho de compartir la existencia con alguien no se reduce a “junto a mí”, sino “en el mismo momento”, aún así se encuentre lejos, por lo que tiene que ver con interesarse por el otro, el saber que está ahí en algún lugar. Por otra parte, el ser querido es indispensable, completaría el círculo perfecto del sentido del amor, ser querido es ser reconocido y estar inscrito en el lenguaje de un ‘Otro’ que se sienta querido por uno; es como el proceso de hijo-mamá/papá; “yo quiero porque me quieren”.

 

Cambio de velocidad ¿qué es el amor al inicio? Es una pulsión de búsqueda después de una excitación cerebral (neuronal) que echó a andar interpretaciones subjetivas que hacen valorar el gusto por algo. Pero dejémonos de imprecisiones y hablemos del amor de pareja. El amor al inicio nos conduce por el interés de atrapar la esencia del ser amado; tal vez tendría que ver con ‘pulsiones parciales’ y perversas (psicoanalíticamente hablando), o sea, aquellas formas infantiles por las cuales nuestro desarrollo psicosexual pasa obligatoriamente en nuestro crecimiento; entonces, un cierto voyeurismo aparece, un impulso por tocar, por ‘introyectar’ la imagen que nos ha impactado, por fantasear los alcances de nuestro deseo, y por la necesidad de ser correspondido, satisfecho por ese objeto de (nuestro) amor.

 

El querer amar es una ambición tan grande como el alimentarse, esto nos llevaría a dimensiones metapsicológicas, pero no siendo el objetivo de este escrito, sólo comentaré al respecto que la necesidad de interiorizar un afecto nutre los bastos campos que la pulsión de vida ha dispuesto, aplazando la pulsión de muerte para condiciones futuras. El amor al inicio no duele, puede frustrar, decepcionar, incluso dejar una ironía a flor de piel, pero no doler.

 

Siguiente: el amor a mitad. Nos sentimos enamorados, a secas. Todo brilla, es esa vida color de rosa que parece ser totalidad, pero no lo es aún. Pareciera que nuestro mejor ser emerge y el amor arrebata lógicas, objetividad, y ciega como cuando vemos al sol después de días de negros nubarrones. Esa inyección de hormonas y manejo de la química cerebral nos hace mantener los efectos de una droga que tiene una influencia grande sobre nuestro humor y actividad. Así que, cuando nos sintamos con pila baja, lo mejor es enamorarse o en su defecto, tener un orgasmo; la vitalidad que nos invade es impresionante, y el amor es un animal que siempre va por más; en la búsqueda de su satisfacción se vuelve el sirviente predilecto de la reina o el rey. Esta posición de sometimiento sólo es una figura representativa de nuestro mejor ser, pero sólo es el Dr. Jekill de Mr. Hyde, quien sólo quiere saciar su hambre. En este respecto, nuestros impulsos más instintivos son los que actúan bajo una máscara que la misma cultura le ha otorgado, pero tal no es mala, dependiendo de la persona que la vista puede ser el mejor complemento o sólo una charada para saciar los “egocéntricos” instintos.  

 

El amor a mitad es, pues, el mayor show que el amor puede montar: luces, colores, exhibicionismo, la atracción más vívida que un ser humano llega a presenciar. Alcanzar este punto es reconfortante por sí mismo y sólo algunos llegan al siguiente paso, muchas cosas se desvanecen después de esto, cuando el final alcanza antes de llegar a la cima, se vuelve como un criminal en el momento que el amor deviene un circo más que un sentido de vida; pero del final, ya habrá oportunidad de atenderlo, en ocasiones parece el más distinguido invitado, por paradójico y funesto que parezca.

 

El amor a totalidad. No me crean demasiado y sólo acompáñenme a desvariar un poco. Y es que sospecho que el amor a totalidad es más que un trastorno mental, pero más sano aún que cualquier estado anímico del hombre. Recuerden el recorrido de las ballenas en invierno hacia las cálidas aguas del trópico, todos los años llegan sin falta, con nuevos elementos, ballenatos que empezarán a vivir temporadas en dos ‘hogares’ distintos. El instinto muestra amor, y si esto va contra la tesis expuesta al inicio, ahora quiero deshacerla merced a la locura que les insté líneas atrás; nuestro instinto pasa a ser sentido común cuando hemos crecido con cierta salud mental y potencializamos nuestra capacidad para amar. Pero no quiero parecer del todo humanista y proseguiré mi camino.

 

Amar conlleva empatía, comprender la necesidad y el estatus de la persona de enfrente; pero en todo esto hay algo oscuro ¿Qué pasa con nuestros impulsos más lascivos? Parecen claramente sublimados por otra necesidad más grande que el orgasmo, y he ahí lo oscuro: ¿Qué otra necesidad y placer puede haber en el hombre más grande que el orgasmo sexual? Incluso ‘la muerte chiquita’ conlleva un pedazo de muerte, la otra pulsión primordial propuesta por Freud. Los religiosos dirán que el amor a Dios es más grande que todo eso y, en efecto, la conciencia del hombre puede alcanzar niveles increíbles en donde las percepciones del cuerpo y sus satisfacciones son mucho menos requeridas que aquellas impresiones anímicas o metafísicas que se insertan en el devenir existencial. Siendo objetivos, todos los seres humanos tienen percepciones y opiniones diferentes, así que lo que diga uno u otro tiene validez aunque haya contradicción entre sí, lo importante de esto es que dentro del esquema del amor, definitivamente lo subjetivo existe, así que, el paso de una excitación corporal a un sentimiento es trascendental.

 

No creo llegar a nada convincente, pero quiero terminar este trecho describiendo dos circunstancias. Cuando una pareja se ha concebido como tal, dos personas crean un vínculo sin perder su individualidad; qué mejor que amarse en libertad, sabiéndome todo yo y amar sin ninguna clase de complejo, y ser amado sabiendo que sobre mí recae un verdadero acto de ‘amor’. Esto es, que no recae sobre la acción de amar ningún otro tipo de proceso mental parasitario que requiera de un afecto para sobrevivir, como por ejemplo un déficit considerable de estima propia. La siguiente circunstancia es, el amor que una madre puede tener sobre su bebé, incluso desde que sabe que existe en su vientre. Una tarde, una doctora de apellido Levy nos dijo: “estamos precedidos por el lenguaje”; y sí, antes de nacer todos los padres tienen un ‘mundo’ en la cabeza con el cual bañan a sus hijos; el deseo de tenerlo, el quererlo siendo un embrión, el amarlo cuando empieza a moverse, y toda una fantasía por estar con él y verlo crecer; si tuviera que decir algo a las madres futuras sería: ese amor inicial déjenlo crecer naturalmente, así como ha crecido nueve meses, los cuidados y la educación acorde a nuestra cultura se llene de ese amor a totalidad, desinteresado, sin miedos, sin complejos, sin compensaciones. Amén por naturaleza.

 

Y el amor a final, no sé si los poetas le escriben mejor al desamor que al amor. Nos golpea terriblemente, así como Rajmáninov hizo llorar a su piano en sus días más lúcidos. Y de aquí dos derivados: aprendemos algo o envenenamos nuestro ser. El meollo del asunto está en el amor profesado con anterioridad, de qué tan libre, qué tan necesario o qué tan profundo haya sido, así, serán las marcas que dejará. Ese vacío que nos regala es un hueco que se empieza a llenar con las diferentes ideas e imágenes que se tiene de dicha pérdida, las cuales serán los cimientos para lo que vendrá después, es un proceso psíquico intenso, doloroso, lento y muchas veces necio. Como todo proceso de duelo hay una parte de negación que se impone de una manera férrea, y que, indudablemente, el deseo de recuperarse de eso conlleva un trámite mórbido donde continuamente se recrean los sentimientos en un ‘valle de cenizas’. Pareciera como si los afectos para remitir o desaparecer necesitaran de un incremento en su sensación, y es cuando más sufrimos, es parecido a esa percepción cuando estamos enfermos y empezamos a curarnos, hay un momento en que el dolor llega a un máximo y a partir de ahí va en descenso.

 

Muchas veces se viven amores a final antes de encontrar el amor a totalidad, y en ocasiones esos momentos de infelicidad ayudan a comprender y entender la relevancia del verdadero amor, nos sirven como guía para encontrar lo deseado; y esa es la parte de querer aprender de ello, sin embargo, la frustración de perder lo querido, lo que ‘nos pertenece’ genera sentimientos ‘destructivos’, y en el afán de recuperarlo con objetos sustitutivos pone al hombre en una línea ‘sin fin’, repitiendo patrones enfermizos que se alejan del objetivo inicial. Pero el amor a final puede ser inicio o un infierno que tiende las peores trampas; sería interesante no ponerle juicio de valor alguno y dejarlo simplemente como sustantivo. Aunque a lo que nos enfrentamos no es retórica sino pasión, a la parte más pura del hombre mismo, y damos cuenta que el pensamiento brota también como necesidad de enfrentar a todo aquello que sentimos y protegernos de su furia; para darle luz a lo que en la oscuridad nos vence, nos intimida, nos invade, nos funde en un arrebato de SER.

3 comentarios

micaela -

reir sin tener motivo
llorar sin tener razon
soñar sin estar dormido
asi es el amor

Fernando -

El amor es un concepto de lo más postmoderno sin que ello lo convierta en pretencioso.

Malavé, ¿Qué es la postmodernidad?

Gabbi -

"... 'el amor es un juego', dijo el adolescente; me besó en los labios y se sacó la ropa."

J. D. Perrotta