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DIÁLOGOS POSTMODERNOS

Juegos de mente

MANUAL PARA OLVIDAR A LA MUJER IDEAL

“Tanto la quería que tardé en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches”

Joaquín Sabina

Cuando éramos niños difícilmente pensábamos a futuro, sentados frente a algún lago al atardecer con nuestro padre contándonos los misterios de la naturaleza y riéndonos de sus chistes que en su niñez le contaron también, ahí, sólo era el presente, y a lo mucho queríamos ser como él, o doctores, bomberos, biólogos marinos, o cualquier otra cosa que idealizáramos aunque no supiéramos exactamente de qué se tratase.

 

Por nuestra vida han pasado una gran cantidad de personas, de todo tipo, algunas aún las vemos, otras, las frecuentamos, tal vez de algunas más solo sabemos de oídas, y de otras no nos acordamos, tal vez nunca más supimos de algunos amigos, y también personas que siempre estarán en la mente. Nunca un camino andado volverá a ser igual, aunque veamos que no haya cambiado por su estructura, nuestra experiencia de él lo hará parecer siempre diferente; y así, recordamos, olvidamos o simplemente la memoria de algo o alguien no regresa más a la conciencia.

 

Según la maduración que vayamos alcanzando en nuestro desarrollo, vamos situándonos en diferentes posiciones con respecto a los demás, tal vez, en la primaria, queríamos saber ‘quienes’ iban a ser nuestros compañeros y amigos, cual nuestro salón y cual nuestra maestra, muchas veces sin esperar demasiado de ellos, simplemente saber quienes eran. En la secundaria a lo mejor lo que pedíamos eran las cosas de moda, ropa, discos, o algún ‘juguete’ avanzado que lo podíamos querer como parte esencial de nuestra vida. En la prepa, además de discurrir en los momentos absolutos de las horas vividas sin importarnos lo que pudiera ocurrir después, con la omnipotencia propia de esa edad, en ocasiones llegábamos a pensar en nuestra carrera, nuestro trabajo, o qué íbamos a hacer después de salir de la escuela una vez alcanzada la mayoría de edad. Y en algún punto de nuestra deslumbrante juventud, en un ensueño pudimos vislumbrar sobre nuestra mujer ideal, si bien nos podría emocionar la vecina de junto o la hermana del amigo, había alguien en nuestra caja de deseos que pudo permanecer como tal 15 días o muchos años, hasta que por fin llegó

 

Nadie sabe que pasa en los trámites inconscientes de una relación, ni siquiera los mismos protagonistas, todo se sitúa en un punto en el que las cosas acontecen y simplemente se van tomando medidas para ir adaptándose a las circunstancias, a veces, repitiendo patrones poco saludables o copiando modelos de otros, pero que nada tienen que ver con uno. Cuántas ocasiones nos hemos preguntado si acaso las cosas son justas o no, porque por más que queremos, no hallamos ‘el punto exacto’. ¿Qué pasa cuando amamos? ¿Acaso perdemos los límites de lo que buscábamos? Pero lo que nos vuelve humanos es la capacidad de sorprendernos ante lo nuevo, y romper esquemas. Así que hay que poner nuevos límites.

 

Un día perdí a quien había buscado, en la vida real nunca se tiene certeza de cuál va a ser el final, a veces no se sabe que se hará después, otras tantas se tiene la intención de curarse los duelos con melancolía, pero no basta. Lo único que queda es reencontrarse con aquel que se era antes de empezar pero con un toque de añejamiento que nos hace un ser nuevo, pero no precisamente otro. Y en ese trecho se pasa por todo tipo de situaciones: emocionales, vivenciales, nuevas, sorprendentes, amargas, dolorosas, aburridas, tediosas.

 

No se si he podido olvidar como me lo hube propuesto, como pensé que era el olvido, como lo escribí meses atrás, y probablemente solo haya negación en mi deseo. Psicológicamente, la mujer ideal se construye con la proyección de nuestros propios ideales, así que, el meollo del asunto estaría en repasar aquello que un día quisimos alcanzar y pensar si acaso es aún vigente hoy día. Pero en aquello tan inasible como el amor, es utopia, realidad, u olvido.

 

 

Qué tan parecida a los gigantes para el Quijote te has vuelto

Los molinos de viento aún giran y envisten mi cuerpo

Y aunque quiera vencerlos con escudo y lanza

Antes de asestar el golpe mortal devienes Dulcinea

 

 

EPÍLOGO

 

¿Quién es la mujer ideal? La suma de deseos del acontecer de la vida, trasladados a una situación presente, y ahí, reflejados en una mujer, que por su belleza, inteligencia, simpatía, elocuencia, atrevimiento, dominancia, candidez, pulcritud, fineza, perfección, sutileza, atención, sexto sentido y amor, nos llenamos de emoción, de ganas de tenerla a nuestro lado, de poseerla, de hacernos de ella, de idealizarla y volverla terrenal. Y entonces, ¿acaso eso se olvida fácilmente? Bueno, solo si entendemos que esas cualidades son construcciones subjetivas de nuestra Falta, o nuestro Deseo. Se sabe que cada quien ve lo que quiere ver.

 

 

Lo que no puede tomarse volando

Hay que alcanzarlo cojeando

. . . . .

La escritura dice: cojear no es pecado.

 

(Últimos versos de “Die beiden Gulden”, versión de

uno de los Macamas [cuadros literarios] de

Abu Hariri [escritor y filólogo árabe],

Citado por Freud en “Más allá del principio del placer”)

 

 

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De cómo me volví un sufijo

Después de meses de ocio mental, alcohol, ironías, estupidez, delirios ‘filosóficos’ tratando de volverse psicológicos, horas de conversaciones virtuales con todo tipo de personas y personajes, estrechez de mente, cinismo, autocrítica, y un poco de sordidez, afilando el alba con retorcidos gritos sonámbulos en sueños edípicos y de funestas acusaciones pendencieras, me torné en un hombre atacado por sus pecados situándome con neologismos tratando con un poco de humor de condenarme de la manera más suave posible antes de caer en la angustia de ser señalado por mis prójimos como un ente abyecto.

 

Y ¡uff! Qué más puedo decir de mí, si es que todo ya lo he dicho, pero, antes de callar al papel que ahora utilizo, escupiré brevemente mi nuevo estado nominal: “sufijericel”. Sí, yo convertido en un sufijo. Luego de días de conversación con una cerveza salí trastabillando haciendo recaer sobre mí todo tipo de adjetivos que apenas alcanzaban para definir en lo que yo mismo me he convertido.

 

Odiaba a los que no confiaban en mí, a la que se creía más de lo que era, a la que me retiró la palabra, a la más fea del pueblo, a los taxistas, a los maestros, sin saber que me odiaba mí, aunque aún no lo sé del todo, pero eso bastó para ser odiericel. Aún así creía en todo lo que en los demás no creían, pero no precisamente en cuanto a un acto de fe, sino mas bien como un acto de desinterés, diciendo “sí” a cualquier cosa que no me importara, creericel no era lo más sano para mí; y créanme que no hablo de delirium tremens, no, aún diferencio los animales de los objetos inanimados.

 

Espero no volverme ahora aburrericel. Acabo pronto, no se desanimen. Tal vez es parte de mi sonambulismo (¿o insomnio?), lo que sea, pero bien apenas me convencía que era Jonasericel cuando me despertó la angustia de ser engullido por una ballena, entendiendo que era la pesadilla que me ocasionó comerme 10 tacos de una carne extraña, y sólo porque estaban al 2x1 por introducción. Hoy día, el consumismo rebasa toda tolerancia natural del propio cuerpo, se tienen cosas aunque no se ocupen, o se quieren cosas aunque hagan daño, algo así como la neurosis ¿o no?

 

En fin, no me faltan más ejemplos para ya haber dejado la idea de lo que me refiero, pero esto conlleva una conclusión: ¿Por qué me volví un sufijo? Bueno, porque todo lo que hago o lo que soy se vuelve parte de mí, y así va quedando como parte de mi personalidad, y es que en esta época donde los ‘medios’ (de comunicación) son imprescindibles, nuestra predisposición a la enajenación es más grande, así como cuando advertimos en nosotros un rasgo “Simpson”. Es fácil saber que los monitos amarillos son una inspiración de nuestras propias actitudes, pero poco a poco nos las están devolviendo y, en parte, es por ese medio que nos damos cuenta de las mismas y ahora podemos hacer una parodia de nosotros mismos. Y en este quehacer ocioso hallo un placer: poder ser todo y todos, y a la vez no ser nadie al estar fundido con todos, personalizando las palabras a mi situación específica, y así, hacer un poco más divertidas las referencias a mi ser: soy más feliz siendo egoricel que egocéntrico.

¿Qué es el amor?

¿Qué es el amor?

Dedicado a mis dos amigos de noches de adicciones baratas: Ana y César; y a Magaly, quien hubiera querido que lo fuera… antes o después.

 

 

¿Qué es el amor, al inicio, mitad, totalidad y final? Todos podemos abrazar la filosofía del amor porque todos alguna vez hemos saboreado ese enigma que acontece en sus diferentes tonalidades y siempre deja una pregunta. El psicoanálisis nos ha permitido diferenciar las pulsiones y las intenciones concretas que tiene; así, podemos remitirnos a un simple gusto, un deseo sexual, un afecto tierno, una intención romántica, una perversión arraigada, un impulso agresivo convertido en su contrario, o un “amor verdadero”.

 

Otro ensayo sobre el amor sería inútil si no fuera porque es en sí un acto de amor, tan sencillo como que es el mismo deseo de escribir y compartir las presentes ideas con los demás lo que aparece como una muestra de las ansias por crear un vínculo fructífero con quienes leen estas líneas, tomando la oportunidad para agradecer el espacio que Diálogos Postmodernos me ha ofrecido para esparcir lo que aparece en mi consciencia y lo extiendo como regalo.

 

Dicho esto, quiero continuar con el desnudo del amor. Las personas que no quieren a sus padres, o que incluso los odian, son una muestra que el amor se construye con las satisfacciones alcanzadas en los primeros años de vida, es decir, es completamente “interesado”. Y si vemos a los sujetos antisociales, o incluso, los psicópatas, podemos notar que el amor no es una cualidad congénita del ser humano, sino por lo contrario, es un sentimiento que se desarrolla con precisiones ‘milimétricas’, pero que se llevan a cabo inconscientemente. La capacidad de amar es una potencialidad que sólo se desenvuelve si se recibe en consecuencia.

 

Pero volvamos a la pregunta inicial. Según parece, me he puesto tarea digna de un escapista, aunque sin ningún truco entre manos con el cual pueda escapar fácilmente de esta encrucijada. Así, con lo único que puedo salir avante es volviendo a la idea original para rescatar el sentido de este escrito. El amor es entonces el encuentro con las ganas de ‘querer’ y ser ‘querido’, el gusto por compartir la existencia (presente) con alguien o con algo por el gusto de coexistir. Podrían preguntar acerca del amor desinteresado, pues bien, el hecho de compartir la existencia con alguien no se reduce a “junto a mí”, sino “en el mismo momento”, aún así se encuentre lejos, por lo que tiene que ver con interesarse por el otro, el saber que está ahí en algún lugar. Por otra parte, el ser querido es indispensable, completaría el círculo perfecto del sentido del amor, ser querido es ser reconocido y estar inscrito en el lenguaje de un ‘Otro’ que se sienta querido por uno; es como el proceso de hijo-mamá/papá; “yo quiero porque me quieren”.

 

Cambio de velocidad ¿qué es el amor al inicio? Es una pulsión de búsqueda después de una excitación cerebral (neuronal) que echó a andar interpretaciones subjetivas que hacen valorar el gusto por algo. Pero dejémonos de imprecisiones y hablemos del amor de pareja. El amor al inicio nos conduce por el interés de atrapar la esencia del ser amado; tal vez tendría que ver con ‘pulsiones parciales’ y perversas (psicoanalíticamente hablando), o sea, aquellas formas infantiles por las cuales nuestro desarrollo psicosexual pasa obligatoriamente en nuestro crecimiento; entonces, un cierto voyeurismo aparece, un impulso por tocar, por ‘introyectar’ la imagen que nos ha impactado, por fantasear los alcances de nuestro deseo, y por la necesidad de ser correspondido, satisfecho por ese objeto de (nuestro) amor.

 

El querer amar es una ambición tan grande como el alimentarse, esto nos llevaría a dimensiones metapsicológicas, pero no siendo el objetivo de este escrito, sólo comentaré al respecto que la necesidad de interiorizar un afecto nutre los bastos campos que la pulsión de vida ha dispuesto, aplazando la pulsión de muerte para condiciones futuras. El amor al inicio no duele, puede frustrar, decepcionar, incluso dejar una ironía a flor de piel, pero no doler.

 

Siguiente: el amor a mitad. Nos sentimos enamorados, a secas. Todo brilla, es esa vida color de rosa que parece ser totalidad, pero no lo es aún. Pareciera que nuestro mejor ser emerge y el amor arrebata lógicas, objetividad, y ciega como cuando vemos al sol después de días de negros nubarrones. Esa inyección de hormonas y manejo de la química cerebral nos hace mantener los efectos de una droga que tiene una influencia grande sobre nuestro humor y actividad. Así que, cuando nos sintamos con pila baja, lo mejor es enamorarse o en su defecto, tener un orgasmo; la vitalidad que nos invade es impresionante, y el amor es un animal que siempre va por más; en la búsqueda de su satisfacción se vuelve el sirviente predilecto de la reina o el rey. Esta posición de sometimiento sólo es una figura representativa de nuestro mejor ser, pero sólo es el Dr. Jekill de Mr. Hyde, quien sólo quiere saciar su hambre. En este respecto, nuestros impulsos más instintivos son los que actúan bajo una máscara que la misma cultura le ha otorgado, pero tal no es mala, dependiendo de la persona que la vista puede ser el mejor complemento o sólo una charada para saciar los “egocéntricos” instintos.  

 

El amor a mitad es, pues, el mayor show que el amor puede montar: luces, colores, exhibicionismo, la atracción más vívida que un ser humano llega a presenciar. Alcanzar este punto es reconfortante por sí mismo y sólo algunos llegan al siguiente paso, muchas cosas se desvanecen después de esto, cuando el final alcanza antes de llegar a la cima, se vuelve como un criminal en el momento que el amor deviene un circo más que un sentido de vida; pero del final, ya habrá oportunidad de atenderlo, en ocasiones parece el más distinguido invitado, por paradójico y funesto que parezca.

 

El amor a totalidad. No me crean demasiado y sólo acompáñenme a desvariar un poco. Y es que sospecho que el amor a totalidad es más que un trastorno mental, pero más sano aún que cualquier estado anímico del hombre. Recuerden el recorrido de las ballenas en invierno hacia las cálidas aguas del trópico, todos los años llegan sin falta, con nuevos elementos, ballenatos que empezarán a vivir temporadas en dos ‘hogares’ distintos. El instinto muestra amor, y si esto va contra la tesis expuesta al inicio, ahora quiero deshacerla merced a la locura que les insté líneas atrás; nuestro instinto pasa a ser sentido común cuando hemos crecido con cierta salud mental y potencializamos nuestra capacidad para amar. Pero no quiero parecer del todo humanista y proseguiré mi camino.

 

Amar conlleva empatía, comprender la necesidad y el estatus de la persona de enfrente; pero en todo esto hay algo oscuro ¿Qué pasa con nuestros impulsos más lascivos? Parecen claramente sublimados por otra necesidad más grande que el orgasmo, y he ahí lo oscuro: ¿Qué otra necesidad y placer puede haber en el hombre más grande que el orgasmo sexual? Incluso ‘la muerte chiquita’ conlleva un pedazo de muerte, la otra pulsión primordial propuesta por Freud. Los religiosos dirán que el amor a Dios es más grande que todo eso y, en efecto, la conciencia del hombre puede alcanzar niveles increíbles en donde las percepciones del cuerpo y sus satisfacciones son mucho menos requeridas que aquellas impresiones anímicas o metafísicas que se insertan en el devenir existencial. Siendo objetivos, todos los seres humanos tienen percepciones y opiniones diferentes, así que lo que diga uno u otro tiene validez aunque haya contradicción entre sí, lo importante de esto es que dentro del esquema del amor, definitivamente lo subjetivo existe, así que, el paso de una excitación corporal a un sentimiento es trascendental.

 

No creo llegar a nada convincente, pero quiero terminar este trecho describiendo dos circunstancias. Cuando una pareja se ha concebido como tal, dos personas crean un vínculo sin perder su individualidad; qué mejor que amarse en libertad, sabiéndome todo yo y amar sin ninguna clase de complejo, y ser amado sabiendo que sobre mí recae un verdadero acto de ‘amor’. Esto es, que no recae sobre la acción de amar ningún otro tipo de proceso mental parasitario que requiera de un afecto para sobrevivir, como por ejemplo un déficit considerable de estima propia. La siguiente circunstancia es, el amor que una madre puede tener sobre su bebé, incluso desde que sabe que existe en su vientre. Una tarde, una doctora de apellido Levy nos dijo: “estamos precedidos por el lenguaje”; y sí, antes de nacer todos los padres tienen un ‘mundo’ en la cabeza con el cual bañan a sus hijos; el deseo de tenerlo, el quererlo siendo un embrión, el amarlo cuando empieza a moverse, y toda una fantasía por estar con él y verlo crecer; si tuviera que decir algo a las madres futuras sería: ese amor inicial déjenlo crecer naturalmente, así como ha crecido nueve meses, los cuidados y la educación acorde a nuestra cultura se llene de ese amor a totalidad, desinteresado, sin miedos, sin complejos, sin compensaciones. Amén por naturaleza.

 

Y el amor a final, no sé si los poetas le escriben mejor al desamor que al amor. Nos golpea terriblemente, así como Rajmáninov hizo llorar a su piano en sus días más lúcidos. Y de aquí dos derivados: aprendemos algo o envenenamos nuestro ser. El meollo del asunto está en el amor profesado con anterioridad, de qué tan libre, qué tan necesario o qué tan profundo haya sido, así, serán las marcas que dejará. Ese vacío que nos regala es un hueco que se empieza a llenar con las diferentes ideas e imágenes que se tiene de dicha pérdida, las cuales serán los cimientos para lo que vendrá después, es un proceso psíquico intenso, doloroso, lento y muchas veces necio. Como todo proceso de duelo hay una parte de negación que se impone de una manera férrea, y que, indudablemente, el deseo de recuperarse de eso conlleva un trámite mórbido donde continuamente se recrean los sentimientos en un ‘valle de cenizas’. Pareciera como si los afectos para remitir o desaparecer necesitaran de un incremento en su sensación, y es cuando más sufrimos, es parecido a esa percepción cuando estamos enfermos y empezamos a curarnos, hay un momento en que el dolor llega a un máximo y a partir de ahí va en descenso.

 

Muchas veces se viven amores a final antes de encontrar el amor a totalidad, y en ocasiones esos momentos de infelicidad ayudan a comprender y entender la relevancia del verdadero amor, nos sirven como guía para encontrar lo deseado; y esa es la parte de querer aprender de ello, sin embargo, la frustración de perder lo querido, lo que ‘nos pertenece’ genera sentimientos ‘destructivos’, y en el afán de recuperarlo con objetos sustitutivos pone al hombre en una línea ‘sin fin’, repitiendo patrones enfermizos que se alejan del objetivo inicial. Pero el amor a final puede ser inicio o un infierno que tiende las peores trampas; sería interesante no ponerle juicio de valor alguno y dejarlo simplemente como sustantivo. Aunque a lo que nos enfrentamos no es retórica sino pasión, a la parte más pura del hombre mismo, y damos cuenta que el pensamiento brota también como necesidad de enfrentar a todo aquello que sentimos y protegernos de su furia; para darle luz a lo que en la oscuridad nos vence, nos intimida, nos invade, nos funde en un arrebato de SER.

Dímelo en la calle

Dímelo en la calle

 

Nota introductoria y advertencia:

 

Lo que se escribe a continuación es el relato de diferentes circunstancias vividas en un periodo de tiempo, siendo sólo pensamientos sueltos acompañados de metáforas, recuerdos y cuestionamientos que se relacionan directamente con ese pasado. Las 14 secciones, así como el título del presente escrito, están basadas en el disco de Joaquín Sabina del mismo nombre; cada uno de los títulos de las canciones se usa para emprender la narración de una manera ordenada debido al disparate de ideas que le dan sentido a la estructura e idea original de este texto; pero lo que se dice no tiene relación directa con las ideas del compositor, así, aquel que haya tenido el privilegio de escuchar el disco no encontrará referencias exactas de los temas (sólo donde se indica), simplemente tienen relación e intención para el autor. Asimismo, se coquetea con experiencias generales que nos trae la vida.

 

 

Prólogo

"La melancolía cae a cuentagotas en el corazón", sí, como un suero que hace su acción sobre el enfermo; es común darnos cuenta que extrañamos un momento muy lejano y, de repente, viene a la memoria de una manera tan intensa que parece que se está de nuevo ahí. Antes de caer a los clichés cuando nos remitimos al recuerdo, me dirigiré por un camino que forro con canciones del disco "Dímelo en la calle", de Joaquín Sabina, que es el artífice de la inspiración presente. ¿En qué me excuso para retomarlo? Como lo dije en un principio, en la melancolía de otros tiempos. No quisiera ponerle el adjetivo de ‘buenos’ o ‘malos’ pero sí imperecederos.

 

1. No permita la Virgen. Cuando hice popular ese disco para mí, salía de la decepción amorosa de una mujer cuyo desdén no arbitraba la honestidad ni los porqués, simplemente era; y qué mejor cura para un corazón roto que elevar una plegaría a los dioses paganos de las canciones tratando de remediar la herida talando con versos de reproche los árboles del deseo absurdo que plantaron su raíz en un valle fértil.

 

2. Vámonos p’al Sur. Ya que se ha dejado metros atrás la primera tristeza, vuelven las ganas de vivir de nuevo tirando todo ‘al carajo’; y como buen sureño, me revuelvo con mis orígenes para cargar combustible y seguir enfrentando los embates de las circunstancias traídas por casualidad.

 

3. La canción más hermosa del mundo. Pude sacar en la guitarra esta melodía, que no siendo por muy poco la canción más hermosa de Sabina, se involucra con su nombre en los escaños de las expectantes emociones que encuentran una satisfacción en el baile de los acordes. De repente se vienen a la mente los excesos de toda una vida, de todo aquello que ha quedado atrás y de todo aquello que se quiere. Un momento de reflexión.

 

4. Como un dolor de muelas. Alcanzando un cuarto del viaje y ya abrazo la depresión. Es caer al fondo de una manera tan precoz que solía tomar mis sábanas y taparme, esperando dormir mucho antes de mi hora establecida. El silencio se percibía aún sonando la canción.

 

5. 69 punto G. ¡Lo esencial! Qué mejor para despertar, es tiempo de girar la cabeza encontrando veredas que llenen de excitación los momentos. Como dicen muchos: "hay cosas que van y vienen", y la ciudad se presta para buscarlas. Gran cantidad de situaciones coluden y nos ponen en el lugar y en el momento justo.

 

6. Peces de ciudad. Una de mis canciones favoritas ¡Qué tamaño de poesía!, y aquí, uno de mis mandamientos se publica. No hice caso del mismo hasta que lo comprendí ‘en carne propia’, y aunque no es mi credo retractarme de cosas vividas, sí puedo decir que ahora entiendo a lo que se refirió Sabina. Aquellos que hemos regresado al lugar donde antes hemos vivido, podemos recordar el ayer, esbozar una sonrisa y ver que ‘hoy’ todo es diferente. Ese, el lugar en donde dejé muchos amigos, muchos vicios, y un pedazo de corazón, sigue vibrando sin mí. "En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver".

 

7. El café de Nicanor. Una tacita de café, ¿Cuántas veces nos reunimos alrededor de una mesa vociferando los deseos de ocasión? Espabilarnos de todas aquellas cosas con las que habitualmente nos enfrentamos, repartiendo anécdotas, emociones, planes, y todo aquello a la mitad del sueño llega como un refresco que brinda la energía de un lobo bajo la Luna llena.

 

8. Lágrimas de plástico azul. Seguí con el afán del buen vivir, creyéndome un tanto más fuerte y ambicioso para enfrentar todo; y de repente, hago un ‘stop’, y me pregunto ¿qué de todo eso que he escuchado he entendido? Una clase, un reclamo, una petición, unas disculpas, la comprensión, un olvido, una llamada, unos cuantos miedos, locura, unas metáforas de un disco grandioso.

 

9. Yo también sé jugarme la boca. Una vez más un poco de melancolía para no desentonar, cantándole a todo, sabiéndome capaz de regresar las afrentas recibidas, un poco de locura provocada por tristezas y frustraciones; ese residuo de inmadurez que aún burla mis ganas de ser ‘grande’. Pero las cosas no son como parecen, ni siquiera son claras para la persona que las ostenta. Aún así, en mi pequeño recinto me creía un paria que no podía avejentar.

 

10. Arenas movedizas. Cuando hube habitado una pequeña habitación, solía tener ciertos rituales que no tenían pinta de tal, pero que los nombro así tiempo después. La ciudad siempre esperaba, había destinos fijos que cambiaban a suerte de una idea invasora que oportunamente jugaba a ganar. Por otra parte, los porqués de la existencia, las explicaciones a las cosas que no quería entender, y a veces no tenía otra salida que adaptarme a mi ‘estar’ con una seguidilla de pasos desordenados. Así era cuando hube habitado.

 

11. Ya eyaculé. Las variaciones son parte de la vida, y esta referencia jocosa a la eyaculación precoz con ritmo ‘afro-latino’ le pone una cara feliz al pastel de versos. ¿Y qué hacía entonces? Solo puedo remitirme a la vertiginosa vida que llevaba, aún así no era estresante, sino interesante, como una película que te mantiene al filo de la butaca, donde siempre quieres más, disfrutando cada segundo, cada cambio de clima.

 

12. Cuando me hablan del destino. Nunca me han dado ganas de ir a Italia, mas bien París es mi destino fantaseado predilecto. Los viajes; siempre hay algún lugar adonde ir, ya sea con slo 200 pesos en la bolsa y mi camisa por equipaje, o con la maleta llena de pensamientos y palabras. Hay canciones que simplemente te llevan a otras latitudes, así, sin dar explicación. Aquí le puse a la casualidad el traje del destino, y me puse como destino la Ciudad Luz.

 

13. Camas vacías. La embriaguez; no sólo nos emborrachamos con unos litros de alcohol, en ocasiones nuestra mente ya va borracha de sentimientos. Nos tiramos vorazmente a las cervezas, whisky, ron, vodka, tequila o brandy para acompañar al amigo que paga la última botella. Se vitupera a la mujer que empezó esta encrucijada maldita, pero que se disfruta con el masoquismo que todo alcohólico guarda en sus adentros. Y se grita al compás del compositor: "Y antes de que me quieras como se quiere a un gato, me largo con cualquiera que se parezca a ti".

 

14. Semos diferentes. Así es, "semos". Ya que ha pasado este raudal de eventos, nada más queda una salida en hombros, muchas veces sólo dormir esperando el día de mañana para escuchar a Audioslave, Foo Fighters, Cerati, Sting o, si la situación lo amerita, bailar al compás de Daddy Yankee o Paulina Rubio. Lo mejor era la aventura; jugar a crecer manteniéndonos jóvenes. Guardando la ambición bajo el colchón.

 

 

El título, el nombre de las 14 canciones (secciones) y las citas: "En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver"; e "Y antes de que me quieras como se quiere a un gato, me largo con cualquiera que se parezca a ti"; son autoría de Joaquín Sabina.

 

Las canciones del álbum pueden ser halladas en el siguiente link:

http://www.joaquinsabina.net/2005/11/01/dimelo-en-la-calle/

*Nota del administrador: Si bien el artículo podría incluirse en la sección "adicción sonora", a petición del autor, el texto se anexa como parte de "juegos de mente".

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El síndrome del señor Burns

El síndrome del señor Burns

El capítulo siete de la temporada cuatro de los Simpson, "Marge consigue empleo", muestra lo que he bautizado como "el síndrome del Sr. Burns". A continuación trascribo el diálogo que me llevará a comentar tal circunstancia:

 

Marge: "¿Quería verme señor Burns?"

Sr. Burns: "La verdad quería ver si quería tener una reunión conmigo esta noche: cena, baile y el señor Tom Jones"

Marge: "¡Oh, válgame Dios!, mi esposo se va a emocionar mucho"

Sr. Burns: "Usted, ¿tiene esposo? Sí, ya lo imagino, fuerte, guapo, un suéter sobre los hombros, rizos dorados brillando al sol como oro... -imaginando a Homero y Marge en un convertible rojo. (Marge: ‘Homero, el señor Burns me dio otro aumento’... Homero imaginario: ‘jajaja... ese viejito tonto’)-. ¡Está despedida!"

 

En esas tan usuales pláticas y referencias de los Simpson con nuestra vida habitual, en alguna ocasión Fernando Manzanilla y yo nos mofábamos de nosotros mismos cuando veíamos a una mujer muy guapa y fantaseábamos con cortejarla, pero inmediatamente nos venía el pensamiento de que nosotros podíamos ser poca cosa para el novio verdadero de la pretendida fémina; así, nos confinábamos en nuestra realidad. La autoestima parece jugar un papel muy importante en este caso y, a la vez, la infaltable comparación con nuestros congéneres. Asimismo, la idea usual de la coexistencia casi ineludible de dos personas atractivas. 

 

Es claro que hay mujeres hermosas y que nos gustan inmediatamente, y ante esa idealización pensamos que sólo un hombre "fuerte, guapo, con suéter sobre los hombros, rizos dorados brillando al sol como oro" puede ser digno de ella, características totalmente ajenas a muchos de nosotros y, por lo tanto, pensamos que nuestra pretensión y humilde muestra de amor es risible y causa de lástima, cosa que también me recuerda otro capítulo cuando Rafa se enamora de Lisa y, durante el especial de Krusty por el Día del Amor y la Amistad, ella le grita "nooo, sólo te di esa tarjeta de Día de San Valentín porque me diste lástima". Retomando la idea, nos compadecemos de nosotros y hasta nos burlamos de lo que pensamos y sentimos castigándonos con la frase: "jajaja... ese viejito tonto".

 

74__I_Love_Lisa por ti.

Sólo en el momento en que enfrentamos esta situación en la vida real es cuando sentimos un peso sobre los hombros, nos mostramos dubitativos, cargando depresión, pero es entonces cuando la frustración, la irritación y el deseo de venganza emerge y entonces tratamos de defendernos diciendo cosas como: "caray Marge, mira cuántas moscas vuelan a tu alrededor, eres una mujer sucia, jajajaja"; tal como lo dijo Burns dibujando bigotes, barba y cuernos en la televisión en donde se mostraba Marge captada por la cámara de vigilancia. Entonces sentimos nuestra dignidad recuperada, tratando de hacer volver la estima con nuestras mejores cualidades, que en el caso del más acaudalado personaje de la adorada serie televisiva, una de sus mejores intervenciones es cuando denigra a los demás, con sed de venganza y la ‘maldad’ anteponiéndose a cualquier afecto arrebatado.

 

Es obvio que el atribulado, rencoroso, irónico y divertido (para sí mismo) ser que aquí escribe le ha pasado algo semejante a lo que aquí plasma. Viniendo al caso, comento que mi experiencia se refiere a que efectivamente me sentí como un "viejito tonto" al sentirme atraído por una mujer más joven, lo peor de todo es que no tengo el dinero del señor Burns, ni la oportunidad de despedirla ni de pintarle atributos chuscos a su imagen; pero sí es un buen momento de reflexión sobre los alcances del deseo, del aglutinamiento de cualidades proyectadas y de la sed de necesidades afectivas. Emergen a la vez los sentimientos más filiales, el sublimado impulso de proteger y de guiar, una emoción pura que parece amor verdadero, vuelven los sentidos poéticos de palabras dirigidas, pero sin negar las pulsiones básicas y placenteras del hombre. Esto me lleva a la resolución de este comentario.

 

¿Cómo acaba el capítulo? Si bien recuerdan, Marge le pone una demanda al señor Burns, la cual no va a ningún lado porque éste tiene un buffet de abogados que lo amparan ante todo. Al ver esto, Homero le reclama:

 

Homero: "Sr. Burns no me voy hasta que me diga que se arrepiente de lo que le hizo a mi esposa"

Burns: "¿Usted la quiere también?"

Homero: "¡Por supuesto!"

Burns: "Homero, quiero que dé a esta mujer un momento fantástico"...

        

Marge y Homero acaban escuchando a Tom Jones sólo para ellos; pues bien, algunas veces, en vez de saciar nuestro deseo de venganza, acabamos haciendo algo por esa mujer sin que nosotros tengamos algún beneficio. ¿Qué lectura podemos hacer del final de ese capítulo? Tal vez que Burns, además del "corazón de perro" que tiene -como dice la canción en la que Tito Puente tocó los timbales-, le sobrevive algo de altruismo como también lo ha mostrado en otros capítulos, aunque siempre tenga un grado de conveniencia o mentira ("cuando un cerdo vuele"); pero a la vez, se puede mostrar que mediante ese acto, él muestra su poder (narcisismo) y su influyentismo, dando una pequeña muestra del mismo haciendo que el tan afamado artista favorito de Marge cante para ella, así, se repara esa herida que se abrió al no ser correspondido su amor. Podemos pensar que el amor más grande es aquel que es desinteresado y podríamos pensar que Burns quiso complacer a Marge, aunque no obtuviera nada, pero por otra parte, cuando no obtenemos la correspondencia del ser amado, lo que nos queda es remitirnos a nosotros mismos, a nuestro amor personal, el cual expresamos por el solo deseo de reevaluarnos.

La entrega de última hora

La entrega de última hora

La entrega de última hora es ese impulso que nos hace correr cuando vemos partir el tren que lleva -en muchas ocasiones- expectativas y necesidades que hemos dejado pasar ante nuestras exigencias o inseguridades. Recordamos entonces el tiempo que dejamos correr pensando que tenemos días para el momento citado, y así, nos ocupamos de otro tipo de actividades, fantasías o recuerdos que sin querer alimentan el producto final; sin embargo, sufrimos de tensión nerviosa al encallar sobre nuestra playa intelectual cientos de ideas que se funden en un sinsentido y que debemos separar para ser entendidos por el otro.

 

¿Será acaso que dejamos cosas al final debido a que lo vemos como una obligación ante una autoridad? Tal vez, pero hay varias respuestas a eso. Cuando íbamos a la primaria, muchos de nosotros peleábamos continuamente contra el sueño, las sábanas, los gritos de mamá, y las ideas del baño y de asistir a la escuela; ¿Cuántas veces llegamos tarde? Varias, porque además habían hermanos y padre que ponían la casa de cabeza en esas primeras horas del día. Aún así, acabamos la escuela sin saber cómo. Ya en la secundaria, las tareas eran particularidad absoluta de nosotros, pero optábamos por terminarlas a punto de iniciar la clase; muchas veces ni siquiera las hacíamos, no entrábamos al salón o nos pasábamos por locos cuando las circunstancias o el maestro se prestaban a eso, y ahí puede entrar esa famosa frase de: "como buenos mexicanos" éramos bastante irresponsables y sólo nos ocupábamos de las cosas que nos hacían vivir una nueva vida, esa, la adolescencia.

 

En esos años en que usábamos uniforme, ¿acaso alguno de nosotros se acuerda las veces en que le pedimos a nuestra mamá que nos planchara la camisa o pantalón 15 minutos antes de la hora de entrada? El olvido o el desinterés también sería una respuesta a la pregunta de por qué dejar las cosas al último momento. O eso que se reflejó en un capítulo de los Simpsons en donde Bart le dice a Marge que tiene que entregar un aparato digestivo para el día siguiente, cuando era hora de irse a la cama. ¿Qué tanto influyen nuestros padres en eso? El eterno debate cuando los padres tienen una respuesta emocional diferente ante un mismo evento; en ocasiones dicen que sí con una afabilidad que nos hace sentirnos muy queridos, pero al día siguiente nos hacen sentir culpables de haber nacido, ante una petición similar. En ocasiones, los niños no dicen nada hasta cuando es inevitable un evento venidero. Las reglas y la educación racional no deben ser acompañadas de afectos.

 

Como todo en nuestra vida, el amor es infaltable, ¿alguna vez hemos dejado pasar mucho tiempo antes de por fin decidirnos a hablarle a esa persona especial? Podemos pensar con quién fue, qué circunstancia, por qué no lo hicimos antes, pensar en ese miedo o angustia particular, pero el punto es que llega ser tan insoportable ese sentimiento abrumador que terminamos rompiendo con toda atadura y nos plantamos frente a ella. El resultado es que en el amor y en la guerra hay ganadores y perdedores; y a veces hasta nos preguntamos "¿por qué me tardé tanto si también sentía lo mismo?" o nos reprochamos "soy un tonto", etc.

 

En el trabajo se da bastante la situación de acabar algo en último momento, usando además horas extras, pero aquí podría variar la circunstancia por el hecho de que puede haber una gran carga de trabajo, así como la falta de elementos necesarios o también por estupidez. En este caso, todo correrá "bien" mientras organicemos el tiempo. También hay que lidiar con los compañeros que, más que un apoyo, a veces se convierten en un verdadero estorbo transformando todo en una carrera a campo traviesa. Lamentablemente, igual llegamos a cometer errores en los cuales sólo podemos decir "lo siento, se me salió sin querer". Me acuerdo cuando, al término de una semana de trabajo, tenía que capturar toda la información recopilada, y en vez de darle "guardar", oprimí "eliminar"; para entonces trabajábamos con un programa un tanto peculiar en donde no podía cometer esa clase de errores; el resultado: trabajar el sábado hasta las 6 de la tarde.

 

Por último, agotar el tiempo por nuestra obstinación. Eso me parece algo mucho más digno de resaltar; las cosas de las cuales nos sentimos orgullosos se cocinan lento para darles exactitud, afinar los bordes que aún parecen no darle la figura deseada. No queda más que exaltar aquellos momentos en que nos empeñamos en nuestra creación, siendo ese proceso como un acto de amor en donde la excitación sirve de todo. Sin pasión no hay tal hijo; su madre: la virtud tan especial de la que cada cual está dotado; la educación será entonces la evolución como seres creadores, más maduros, más versátiles, más expertos, y así, nuestro producto, será un buen ciudadano, con utilidad.

Adios 2008

Adios 2008

10 meses bastaron para terminar la Teoría Psicoanalitica de las Neurosis de Otto Fenichel; casualmente en fecha 27 de Noviembre, exactamente 10 meses después de empezar a leerlo, y no fuera la fecha tan relevante sino fuera porque fue el primer día de los primeros 300 de no verla.

 

         Más allá de la referencia casi obsesiva de esa experiencia amorosa, el acabar de leer las 655 páginas de esa obra me es sumamente gratificante, puesto que ha sido un gran acompañante durante este año de refinamiento en la oscuridad, en donde por cierto, hoy en día mi vida mental es más interesante que mi vida objetal. El psicoanálisis se convirtió en el sentido de esta parte de mi vida, aunque no su fin, y entender las precisiones teóricas y su aplicación en mi propio proceso ha sido enriquecedor, frustrante, amenazante, causante de miedo y a la vez alentador.

 

         Durante estos 10 meses en que pude leer esta obra, también pude leer 6 libros más, de los cuales uno solo hace referencia al psicoanálisis, otro es la gran obra de García Márquez, y uno más que me hace recordar mi ser artístico, descubriendo el gran talento de Joaquín Sabina. Todas las páginas devoradas me han alimentado mi avidez de ensoñación, creyendo poder escribir tanto como aquellos que admiro al repasar sus líneas que escribieron mucho tiempo atrás.

 

         Más neurótico que antes soy a pesar del psicoanálisis y su teoría, ya no hablo, ya no reclamo, ya no me reafirmo, y aún así, vivo. Por eso escribo, en las últimas páginas, Fenichel escribió si acaso el psicoanálisis acaba con la creatividad del artista debido a la pérdida de las sublimaciones, él no descarta esta posibilidad, pero también realza el hecho de que el análisis acaba con las represiones que coartan la creación; yo, por lo vivido digo que se cambian los sentidos, el sentido que se le da a las cosas, y el impacto que sobre uno mismo tienen.

 

         Cuando acabé de leer, lo primero que se me ocurrió es escribir y aunque no gritar a los 4 vientos, sí hacerle saber a mis amigos lo que de mis sentidos he aprovechado. Como siempre les reitero las gracias dejándoles saber mis más preciados afectos.

 

 

Ericel Vázquez – Oaxaca, México.

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